INGRID BETANCOURT, LA HEROÍNA DEL BICENTENARIO
A pocos días de conmemorar el tan mentado Bicentenario del grito de Independencia de Santafé, otrora capital del virreinato de La Nueva Granada, cuando la misma turba embravecida dio vivas a la libertad y de recibir unos cuantos años después con Te Deum y todo al emisario del Rey para instaurar el orden, se nos presenta otra contradicción en la colección ya grande de nuestros héroes y heroínas nacionales. Nada más ni nada menos que Mademoiselle – o Madame- Ingrid Betancourt, tratando de conciliar con el estado por el absurdo secuestro de años de que fue víctima, cuyos perpetradores fueron por demás las FARC, por la irrisoria suma de SEIS MILLONES SEISCIENTOS MIL DÓLARES, algo más de TRECE MIL MILLONES DE PESOS..., sí, la cifra es esa, no hay porque espantarse. Aunque dos tres días debió salir a los medios rectificándose y pidiendo excusas por habérsele ocurrido tal exabrupto, como cuando decidió ir a la zona de distinción, de todas formas, el daño está hecho.
El esperpento de nuestra Heroína del Siglo XXI, a quien la sociedad Colombiana, incluida obviamente la Santafereña con los antecedentes de antaño, recibió no en hombros sino en helicópteros, aviones y tanques de guerra, como una verdadera heroína, algo así como nuestra criolla Dama de Orleáns, qué Policarpas, qué Manuelas Beltranes, y con la honda del día, qué Marbeles ni que carajos... Francia la recibió como Legionaria y España la condecoró con el Príncipe de Asturias, Teresa Cabarrúz se quedó en pañales frente a la Madre de la Patria, enseña de la libertad, el corazón de Colombia, la epítome de la mujer colombiana, ella, ella busca que el Estado la indemnice por los años que dejó de percibir su salario como Honorable Madre de la Patria, es decir como Senadora, cargo que ostentaba cuando decidió ir a buscar a don Manuel –alias Tirofijo- para entablar un diálogo y concertar la paz.
Hasta donde muchos recordamos –quienes no padecemos de la enfermedad que asoló a Macondo o la Ceguera del imaginario de Saramago- el Gobierno Nacional de entonces, aunque carente de toda visión y frente al cual muchos quisiéramos ser macondianos en épocas de miedo, advirtió a la Diva del momento que no era oportuno ir a la otrora zona de distensión; ya los fallidos diálogos habían surtido su curso y Pastrana había hecho el ridículo cuando Don Manuel –alias Tirofijo- no se presentó a la cita y lo dejó plantado; Generales, detectives del Das, soldados y policías del común advirtieron a nuestra Ilustre Salvadora que no era conveniente traspasar la línea divisoria entre el Estado Nacional y el Estado Guerrillero de entonces, eso quedó consignado en los medios, en la prensa y en la radio, sin embargo parece ser que nuestra Dama de Orleáns criolla padece la enfermedad de los Buendía y hoy nada recuerda de aquello... Se le dijo que el Estado no garantizaría su seguridad, que habían sido asesinados ya algunas personas en ese territorio, pero no, ella altiva y en contra de sus pretensiones – la de ganar protagonismo y darse un champú de publicidad gratis en épocas de campaña presidencial -, decidió ir, y que esperaba volver a los tres días, eso les dijo por lo menos a los escoltas que la acompañaban, pero la verdad es que la estadía se le prolongó un tanto más de lo esperado, arrastrando con ella, por demás, a su candidata vicepresidencial, Clara Rojas, hoy orgullosa madre de un hijo que puso a llorar al país, pero que sin embargo me recuerda aquella frase de Vargas Vila: “Honra a tu madre y a tu padre, que fuiste concebido en un rato de placer y en un momento de lascivia”, en la selva, agregaría yo.
El secuestro es repudiado, odiado por todos quienes tenemos un ápice de consideración con el sentido de libertad y justicia, quienes aún confiamos en las instituciones democráticas, pese a que los propios dirigentes del país digan que Colombia ostenta la democracia más antigua de América –diría que ostenta la élite que más ha sabido sostenerse en el poder en América, o sino repasemos los ídem de Santos, Pastranas, López, Gómez, Ospina, etcétera, etcétera, etcétera-. Nos duele cada colombiano secuestrado y cada vez sustentamos nuestra reprobación a la guerrilla más vieja del mundo –en este país todo parece prolongarse eternamente- cuando comete delitos tan atroces como los del secuestro, ni que decir de los asesinatos y desapariciones que les es práctica cotidiana. Cuando el soldado o el Policía es secuestrado en función de la salvaguarda de nuestra seguridad, cuando los Diputados son sacados de su recinto de trabajo mientras representan a sus conciudadanos en las discusiones que buscan su bienestar, cuando el comerciante, el campesino, el ingeniero, el trabajador en todos sus ordenes es retenido con el fin de que su familia se desangre pagando rescates, muchas veces inimaginables para tan sufridas famillas, entonces, entonces es cuando más nos duele el secuestro. La mayoría vienen de hogares humildes, su profesión quizá fue la única oportunidad de sustento, porque en un país donde matar es el deporte nacional, no creo que nadie opte por ser soldado o policía de manera muy agradable, a pocos por demás no les gusta ver como sus vidas discurre entre siembras y labranzas que exigen todo el tiempo del mundo –ahí no hay noche de descanso ni domingos- mientras otros suspiran por traer productos agrícolas a precios más baratos mediante firmas de tratados y de TLC; son gentes buenas, honestas, trabajadoras... y pese a todo la infame guerrilla los secuestra.
No digo que en su momento no haya sentido angustia por el secuestro de Nuestra Heroína Nacional, pero con el paso del tiempo entendí también que no fue en aras de un ejercicio político que buscara el bienestar de todos los colombianos, comprendí que el protagonismo puede llegar a excesos rayanos en la locura, tanto como para poner a sufrir a la familia, a los amigos, a la comunidad en general, sin embargo el paso del tiempo me hacía creer, como a muchos, que pese a todo era injusta la actitud de la guerrilla en retener por tanto tiempo a los secuestrados. Pero a medida que fueron liberados, iban y venían comentarios sobre la actitud de Nuestra Dama de Orleáns Criolla, hablaban de su carácter impositivo, de la arrogancia con que ponía en peligro la vida de los demás secuestrados, y no eran exageraciones, el país conocía a una candidata y a una parlamentaria obnubilada en la vanidad de las ansias de poder, quizá heredados en sus propias prosapias.
A nuestra Heroína del Siglo XXI nada le faltó, siempre estuvo rodeada de comodidades, muy por encima de las que recibían el común de los colombianos, viajes al rededor del mundo, estudios en las más prestigiosas y costosas universidades del mundo, matrimonios que iban y venían, caprichos en Tailandia, etcétera, etcétera.... Por eso duele, duele sobremanera demandar al País, porque los recursos a la postre salen de todos y de cada uno de los colombianos, por los salarios y el daño ocasionado, culpando al Estado, el mismo que le advirtió que no fuera a entregarse a la guerrilla; da rabia y coraje verla decir después que se arrepentía por haber intentado tal exabrupto, pero duele aun más oírla decir que lo hizo porque quería solidarizarse con aquellos soldados, policías o familiares de diputados que verdaderamente si dejaron de percibir salarios, quienes fueron vilmente encarcelados en la selva por culpa de un Estado que no supo garantizarles su seguridad, a quienes el Estado no solamente no advirtió que no fueran a esas zonas de riesgo, sino que los obligó a ir para garantizar la seguridad de los demás.... Duele que diga públicamente que en solidaridad con ellos intentó conciliar con el Estado por la módica suma de SEIS MILLONES SEISCIENTOS MIL DÓLARES (Trece mil millones de pesos chibchombianos). En verdad que eso si da coraje. Con amigas, así, para que enemigos, le diría hoy a aquellos soldados y policías que le salvaron la vida y la socorrieron en los peores momentos del secuestro, como ella misma lo manifiesta.
La actitud de nuestra Dama de Orleáns, nuestra Heroína del Bicentenario, me recuerda, por demás, aquel poema infantil que aprendimos de memoria en la primaria, producto de don Rafael Pombo, y que aquí presento con unas pequeñísimas variaciones:
Érase una Ingricita
sin nadita qué comer
sino carnes, frutas, dulces,
tortas, huevos, pan y pez.
Bebía caldo, chocolate,
leche, vino francés,
y la pobre no encontraba
que comer ni que beber.
Y esta Ingrid no tenía
ni un ranchito en que vivir
fuera de un chalet en Paris
y una casa en el chicó.
Nadie, nadie la cuidaba
sino Álvaro, Francisco y Juan Manuel
Y ocho generales y dos pajes
de librea y corbatín.
Nunca tuvo en que sentarse
sino en simples curúles
con banquitos y cojines
y con escudo al espaldar.
Y esta pobre Ingrecita
desde el secuestro hasta su fin
pide seis millones de dólares
más seiscientos mil.
Culpa al gato, culpa al ratón
con soberbia y con enfado
de su mal y de su retención
que la culpa la tiene el Estado
Pobrecita la Ingricita
hagamos una vaca los colombianos
para recompensar a la sitica
así seamos todos sus marranos.
J. MAURICIO CHAVES BUSTOS
Bogotá, julio 12 de 2010.
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